Álvaro Castaño Castillo
Ha muerto un caballero donde se conjugaban la sutileza, la
elegancia, la cultura y el entusiasmo. Tuve el gusto de compartir con Álvaro
almuerzos y conversaciones que me permiten decir que fui su amiga. Me contó
innumerables historias. Sus aventuras de juventud con mi abuelo Mario en la
fundación de la Universidad de los Andes -quien le regaló su primer carro para
que llegara puntual a las citas que tenían. Una amistad que resistió aún el alzheimer,
Álvaro siguió visitándolo y hablándole aún cuando su mente estuvo extraviada en
lo más hondo. Ese joven recién casado, que vivía a las afueras de Bogotá,
acompañó y ayudó a Laserna en la consolidación de esa quimérica empresa de los
Andes, antes de que ese mismo joven iniciara la suya propia: la HJCK, para
traer el mundo a Bogotá.
Hablamos de su maravillosa relación con Gloria, de sus magníficos
hijos Rodrigo y Pilar, de sus nietos, de sus amigos. Me narró los encuentros
con personajes increíbles. Borges –ya en medio de la ceguera- le dictó a Álvaro
un cuento erótico, especulábamos que no lo consideraba apropiado para sus
escribientes. Los encuentros con Jacques Cousteau. Lo que significó para muchos
colombianos, que como yo, crecimos viendo Naturalia, y que por eso somos hoy
defensores de las causas ambientales. De su tesis de grado sobre la policía y
la necesidad de reformas que seguían pendientes. De la casa de la cultura en el
Carmen de Apicalá.
Tenía horas y horas de entrevistas y discursos. Poetas,
escritores, políticos, cantantes... todas las voces de la cultura atrapada para
convertirse hoy en una fuente de la historia de nuestro país. Sacaba algunos
apartes y nos regocijábamos oyendo las voces preservadas de otros tiempos.
Álvaro lograba lo que solo una alma superior logra: distinguir el
entretenimiento de la cultura, y lograr que lo cultural fuera placentero,
masivo, sencillo.
Me invitó a participar en su revista radial semanal que
preparaba con empeño. Lo puedo ver dictándole a Esperanza su intervención. Su entusiasmo
para seguir escribiendo columnas en revistas, entrevistas y extraer de su cabeza -que lo recordaba todo- aquellos
tesoros de una vida rodeada de todo lo maravillo. Esperanza copiando y Macario
esperando para llevarlo hacia alguna aventura más.
Me gustaba repetirle que la mejor herencia que recibí de mi
abuelo Mario, fue su amistad. Álvaro querido, tenía en mente ir a verte esta
semana, contarte de mi bebe, de mi matrimonio, comentar contigo la política,
oírte recitar algún verso. Siempre creíste en mi, y me honraste con una amistad
que me enaltece y me colma. Que falta me harán nuestras charlas y tus consejos.
Que callada queda Bogotá cuando tu voz se apaga. Sé, sin embargo, que te vas en
busca de tus amores. Sé que reunido con Rodrigo vuelves a sentir el afecto
filial que creíste perdido. Y puedo verte, tomando en tus manos la mano de Gloria, que te esperaba con su sonrisa franca y llena de luz, y puedo ver el
azul de tus ojos encenderse porque hoy estas otra vez completo. Ya no te harán
más falta. Feliz viaje, te deseamos cuantos te queremos. Dios sabrá disfrutar
de todo lo que eres.
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