El espejismo de la JEP
Hace unos días enviamos al Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, una misiva en la que le pedíamos reconsiderar el apoyo que le daba el Consejo de Seguridad de la ONU al acuerdo de la Habana.
El Consejo de Seguridad ha emitido una
decisión que derrumba el aval internacional que -decían- blindaba el
Acuerdo. Retirar la verificación de las sanciones impuestas por la
Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) no es un mero ajuste técnico, es
un veredicto político: se rompe la ilusión de que la “justicia
restaurativa” colombiana estaba acorde con el Estatuto de Roma.
La
decisión del Consejo podría interpretarse como una descalificación del
sistema. Hoy pareciera que somos más los que consideramos que priorizar
la impunidad sobre la justicia real no es aceptable, ni bajo los
estándares morales ni bajo el Estatuto de Roma.
El cinismo con
el que priorizaron la reinserción política sobre la justicia, la verdad y
las víctimas queda al descubierto. Esto agrava la percepción de
impunidad que ya carcome a la JEP. Las sanciones restaurativas —trabajos
comunitarios por hasta ocho años, sin cárcel— eran cuestionadas por su
laxitud, y pierden su respaldo global. Hoy solo son un pacto interno,
vulnerable y sin la confianza de la comunidad internacional. Sin la ONU,
sus sanciones no restauran: son solo impunidad.
La ONU se
retira en el peor momento: mientras la Corte Penal Internacional (CPI)
examina si Colombia garantiza investigaciones y sanciones efectivas.
Esto no es solo un castigo diplomático; puede ser el preludio de una
reactivación del examen preliminar o, peor, de intervenciones
correctivas de la CPI. Los exguerrilleros quedan expuestos a juicios
externos. Excluyo las Fuerzas Armadas que han pagado cárcel por los
crímenes que les imputaron -a diferencia de las FARC-.
La Misión
de Verificación de la ONU se limitará ahora a reincorporación,
seguridad y reforma rural. Esto impacta de manera directa la “paz
total”, ya que esta tenía como fundamento la aceptación internacional de
la justicia transicional de la Habana. El marco de la JEP está agotado.
Colombia necesita un nuevo paradigma de seguridad y justicia: procesos
de sometimiento que incluyan penas efectivas, control nacional riguroso y
acompañamiento internacional exigente, no complaciente.
La
verdad de las FARC nunca la llegamos a conocer. La JEP, mediocre como
es, se sujetó a la verdad que tenía la Fiscalía. Los aportes sobre los
temas relevantes ni siquiera se solicitaron, por ejemplo: sus vínculos
con el narcotráfico, las rutas, los socios; nos quedó faltando todo
sobre sus orígenes, la influencia cubana y la financiación de la Unión
Soviética, así como los entrenamientos y adoctrinamientos de los
comunistas internacionales en nuestro país. No nos dijeron nada de sus
vínculos con organizaciones terroristas de otros países, especialmente
los vínculos que adquirieron con el Oriente Medio: Hamas, Hezbolá, entre
otros. Y por supuesto, nada dijeron de Venezuela sobre el apoyo que
recibieron de Chávez y de Maduro. Tampoco de sus apoyos políticos
armados, ni sus financiaciones a la política.
Petro dice que el
encubrimiento de la verdad favorece a los Uribistas y nos tilda de
haber tenido vínculos con el narcotráfico. Nada más falso. La verdad de
las FARC revelaría el daño que el régimen soviético causó sobre
Latinoamérica en su intento por expandir el comunismo a través de la
revolución violenta. Toda la sangre derramada en Latinoamérica con el
falso discurso de la revolución se le debe a los recursos soviéticos y a
la injerencia de la dictadura cubana liderada por Castro. Lejos de
haber traído mejoras sociales, nos sembraron el virus de la violencia
que solo dejó muerte, desolación y que impidió el desarrollo de
Latinoamérica, sometiéndonos a la pobreza.
Esa verdad, la de la
lucha armada y la fracasada revolución, el país la necesita, para nunca
más confiar en quienes empuñaron armas, derramaron la sangre de los
inocentes y hoy posan de próceres: son ellos los verdaderos responsables
de todo lo que hoy nos falta.
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