Una enfermedad muy rara
La violencia rompe todo. Crea miedo, genera intolerancia, aparta a los vecinos, siembra desconfianza, vuelve indiferente. La violencia no solo nos daña, nos cambia. Hoy, 40 años después, todavía recuerdo el impacto que me causó la Toma del Palacio de Justicia. Las imágenes: el fuego, los muertos, la barbarie.
Fue sin duda una de las tragedias más
grandes que haya presenciado la humanidad. No solo por el significativo
número de víctimas, sino por el simbolismo. El M-19 mató a 11
magistrados, se tomaron el palacio, secuestraron a todos.
El
discurso para justificar la toma era hacerle un juicio al presidente
Belisario Betancur. El M-19 tenía la práctica de hacerle “juicios” a sus
víctimas y, una vez condenados, los ejecutaban. En realidad, fue un
operativo financiado por Pablo Escobar que quería torpedear la
extradición. Los “guerrilleros” debían destruir los expedientes y acabar
con los magistrados que, recios y heroicos, no habían querido atender
las amenazas de los mafiosos.
Hemos podido volver a oír las
palabras de firmeza, la actitud de dignidad que tuvieron nuestros
magistrados, pudimos conocer las terribles amenazas que recibían días
antes, incluyendo a Gaona Cruz -padre del muy ilustre jurista que hoy
nos orienta con sus luces.
En Colombia, el grupo terrorista M-19 nos
llevó por 20 largos años por una lista larga de hechos terribles: se
inventaron el secuestro y llegaron a llevarse más de 390 colombianos,
entre ellos Álvaro Gómez. A muchos los ultimaron. Ajusticiaban a civiles
y adversarios políticos, incluso a sus propios militares, a quienes
juzgaban de traidores y los ejecutaban.
Fueron los primeros en
asesinar a un líder sindical: José Raquel Mercado, lo torturaron y lo
mataron. Era presidente de la Confederación de Trabajadores de Colombia
(CTC), acusado de traición y colaboración con EE. UU. Lo sometieron a un
“juicio popular” y lo ejecutaron el 19 de abril (aniversario
fundacional del grupo). Su cuerpo fue dejado en una glorieta con un
comunicado.
Fueron también pioneros en el terrorismo sobre los
pueblos y poblaciones de Colombia. Lo hacían posando de próceres:
echaban discursos, repartían un mercado y mataban uno que otro.
¿Cómo pudo un país con esa historia haber simplemente pasado la página? ¿Cómo pudo indultar y amnistiar a los responsables?
Toda
esa violencia enfermó a Colombia y llevó a pensar a muchos que la
“violencia”, cuando se apellidaba “revolucionaria”, era una forma de
contribuir a superar nuestros problemas. Decidieron -no se entiende
cómo- que había crímenes altruistas, que el delito político implicaba,
incluso, atacar un Estado democrático. Esta variación degenerada del
delito político admitió que la violencia se convirtiera en una puerta de
entrada a la política y los cargos públicos.
Siento que hemos
llegado al final de esa historia. Somos cada vez más colombianos los que
no estamos dispuestos a aceptar ninguna violencia, a justificar ninguna
violencia.
No hay violencia política; en Colombia hay
narcotráfico. Varían sus formas, varía su capacidad de daño según la
riqueza que posee. Siempre destruye. Se nos van tantos esfuerzos en
tratar de vivir en medio de la corrupción y la violencia que por eso no
hemos logrado salir adelante. Hoy, 40 años después, digamos: nunca más.
Loor a los valientes que perecieron en la lucha contra el
narcoterrorismo, con la esperanza de que otros triunfarían; y
triunfaremos. Serán vencidos.
Colombia no puede olvidar, para
jamás repetir la historia. Colombia no puede olvidar para no dejar que
perezca a el ejemplo de lo que es grande y sostiene el alma de la
atormentada nación colombiana.
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