¿De qué se trata? -26 agosto de 2015-
¿De qué se trata?
Caer en la beligerancia es caer en la
trampa de Maduro, dicen algunos. Actúa bien Santos al no dejar utilizar a
Colombia en los propósitos electoreros del dictador, sostienen. Uribe es
oportunista, concluyen.
Este no es un asunto de discursos ni de
posturas políticas ni siquiera de crítica al autismo de nuestro gobierno.
Tampoco se trata de la simplificación polarizante de la paz de Santos o la
guerra de Uribe. Lo que está pasando en la frontera con Venezuela es una
expresión de irrespeto al concepto mismo de humanidad.
No se trata del lenguaje peyorativo y
degradante con el que se refiere a los colombianos, ni de las deudas a nuestros
empresarios que no se pagaron nunca. No
nos referimos al contrabando de reses sin vacunas –que ponen en peligro el hato
ganadero y nuestras posibilidades de exportación. Tampoco hablamos de la
triangulación de productos de manera fraudulenta, ni de las pretensiones de
arrebatarnos territorio.
Dejamos por fuera que el régimen vecino
está infiltrado por el narcotráfico, y que el cartel de los soles –donde se
agrupan miembros de todas las fuerzas armadas de Venezuela- mantengan estrechos
vínculos con narcotraficantes y terroristas colombianos, para traficar miles de
toneladas de cocaína. No hablamos de que Megateo y las Farc son sus socios,
apalancan en la frontera, especialmente del Catatumbo, el que puede ser hoy el
cartel de cocaína más grande del mundo. Ni siquiera pensemos que en el territorio
venezolano les concedan tranquilidad del refugio a quienes delinquen en nuestro
país. No vamos a preguntarnos si lo que está sucediendo tiene que ver con ese
negocio de narcotráfico, o con la persecución contra Megateo.
No se trata de la disolución de la
democracia en Venezuela, que hemos venido atestiguando ante la mirada impávida
de nuestro gobierno. No hablemos de la detención y tortura a los líderes de
oposición, de las patadas a los congresistas, de los fraudes electorales, de la
destrucción del Estado de Derecho, de la cooptación de todos los poderes públicos,
de la desaparición de las garantías democráticas. No tengamos en cuenta la escases de bienes,
alimentos, luz para los venezolanos, de las filas y del descontento ciudadano.
Olvidemos las marchas multitudinarias de estudiantes contra el gobierno, la utilización
perversa de la policía para reprimir las expresiones cívicas. No tengamos en
cuenta el fracaso económico y la destrucción del sector productivo; y la
grotesca simpleza con la que responde ese gobierno.
Ignoremos las ofensas a nuestros ex presidentes
–ya a eso estamos acostumbrados como no hay novedad ante el silencio encubridor
de nuestra Canciller; y no reparamos en las infamias a quien es hoy el líder
político más apreciado en Colombia.
Son desplazados; ciudadanos que de un
momento a otro pierden su casa, sus bienes, sus arraigos. Las marcas en la
casa, la maquina que destruye todo y los ojos que miran desde la impotencia.
Las familias separadas por la arbitrariedad. Los refugios en la escasez. Es ser
perseguido por tener la nacionalidad, es el costo de ser colombiano en
Venezuela.
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